26 mayo 2007

¡Qué llueva, qué llueva!

Menorca bien (bien corto), gracias.

Sobre las lluvias torrenciales que arrasaron media España (de la mitad para abajo)... ¿cómo iba a perdérmelas? Alcázar de San Juan, ese pueblo donde una reportera de TVE se cayó dentro de una acequia y se llenó de agua hasta los sobacos, es al transporte ferroviario lo que la Sagrada Familia a un turista japonés, qizir que si te montas en un tren que no vaya hacia el norte es difícil que no pases por allí.

Así que para poder tener algo que postear, el jueves 24 salí hacia Granada. O algo parecido. De Barcelona fuimos al Camp (nunca mejor dicho) de Tarragona en autobús; eso es la nueva estación de AVE, perdida en medio de ningún sitio, seguramente en tierras del primo de alguien, como ya pasó en Guadalajara. Allí se suponía que teníamos que preparar el tren, o algo así, muy bien no lo sé, lo que hicimos básicamente fue comer y repartir una botella de vino, en plan La Última Cena.

Como un par de horas después acabamos de colocar a los viajeros y nos fuimos en el AVE-Pato camino de Madrid. Como muestra de nuestra generosidad para con los valientes que decidieron viajar (ya son ganas) les regalamos una botellita de agua (pequeña, no te vayas a pensar) y con el deber cumplido una que yo me sé desapareció. A la máquina que me fui, desde antes de Lleida hasta pasado Zaragoza, a 300 por hora. Paisaje, más bien poco, porque sólo se veía lo que iluminaban las luces del tren, pero no todos los días se viaja en un AVE de noche.

Siguiente paso de la peregrinación: transbordo en los Madriles. A una hora indeterminada de la noche, 2 horas y media después de salir de Tarragona, llegamos a Atocha. Allí la operación consistía básicamente en bajar del Pato y subir al AVE de toda la vida (el que sale siempre en el Tomate detrás de la Duquesa de Alba, Fran Rivera, Carmina en sus tiempos, y cualquier famosete del tres al cuarto que se traslade de Madrid a Sevilla y/o viceversa), que estaba justo enfrente. Como a estas alturas nuestra confianza en los viajeros ya había aumentado (y nuestras ganas de trabajar se habían reducido), les dejamos cruzar el anden a ellos solitos, sin darles la mano ni nada... Y a pesar de los pronósticos más pesimistas, la mayoría lo consiguió, a otros hubo que darles un empujoncito, pero en 15 minutos estuvieron recolocados. Próxima parada Córdoba. Más agua, así mientras hacen cola en el baño no molestan. Y por fin a alguien se le ocurrió que necesitábamos saber cuantos viajeros iban a cada destino, así que justo cuando empezaban a dormirse pasamos a preguntar.

Como esto es el AVE y no el Estrella de Galicia, en 1 hora 40 minutos estabamos en Córdoba. El interventor de Granada decidió que el único autobús que había llegado era el nuestro, así que en 30 minutos estaba sentada al lado de una señora cuyo sombrero ocupaba la mitad de mi espacio aéreo, y cuyos ronquidos ocuparon mi cerebro hasta Granada, donde llegamos a las 7.11 de la mañana, con una hora y media de adelanto sobre la hora habitual de llegada.

Conclusión: viaja en avión.

1 comentario:

Anónimo dijo...

jajaj, vaya odisea.

Por fin has subido en el pato.

Venga, nos vemos, Javi.